domingo, 8 de marzo de 2015

LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL CIELO

Hola a todos.
Aquí os traigo otro fragmento de mi relato Llamando a las puertas del Cielo. 
Seguimos con los recuerdos de Antoine.

                                  No tenía apenas fuerzas.
                                  Moriría pensando en Nancy. Su adorada Nancy...Su amada Nancy...
                                  Pensando en ella. En su cabello sedoso, de color rubio muy claro. Antoine había acariciado aquel pelo. Miró su colgante. En su interior estaba un mechón de pelo de Nancy. Ella misma se cortó aquel mechón. Se lo entregó a Antoine. Él la amó más que nunca en aquellos momentos. El cabello de Nancy era largo.
                                  Pensó en los ojos azules de la muchacha. Unos ojos de color azul como el cielo...En su rostro inocente...
                                  Había besado los párpados cerrados de Nancy. Pensó en la nariz pequeña de Nancy. En sus labios sonrosados, de trazado delicado. Unos labios que él había besado muchas veces. Pensó en el cuello de Nancy, largo y esbelto. Él había besado aquel cuello de cisne en la intimidad de su cuarto, acostados en el lecho.
-Nan...cy...-volvió a gemir-Nancy...Nan...cy...
                            ¿Le oiría ella?, se preguntó. ¿Estaría bien? Tenía que estar bien.
                            Judith, la madre de Antoine, estaba con ella.
                            Hijo...Hijo mío, ojalá no seas como yo, pensó Antoine. No seas un cobarde. Lucha. No sigas mis pasos. He sido un mal hombre. La guerra me ha convertido en un mal hombre.
                             Un sollozo se escapó de su garganta. No tenía ni fuerzas para llorar. No podía llorar.
                             Lloraba por él.
                             Lloraba por la familia que dejaba en Burhou.
                             Su familia...
                             Nunca pensó que sería capaz de cometer una atrocidad. Había perdido su pistola, con la que había matado a soldados ingleses durante escaramuzas. Era un soldado.
                              Ya era un soldado antes. Pero, entonces, conoció a Nancy. Y su vida cambió. Cabello muy rubio...Ojos azules...
                              Ya no se intentaba taponar la herida. Lo intentó hacer cuando consiguió dar esquinazo a los soldados ingleses. Escondido detrás de un árbol, Antoine examinó su herida a la luz de la Luna. No me gusta, pensó. Es una herida muy fea. Y aquí no hay ningún médico. Que yo sepa.
                            Era una herida muy profunda. Tenía un orificio de entrada, pero no tenía orificio de salida.
                             Mal asunto...
                             Se estaba muriendo.
                             Estaba acostado boca arriba.
                             Su vida pasó delante de sus ojos. Como ver una obra de teatro.
                             Antoine pensó en sus padres. Pensó en su esposa. A su hijo le faltaban dos meses para nacer.
                              Quería conocerle. Deseaba con todas sus fuerzas tener un hijo. De aquel modo, su madre se sentiría compensada.
                              Judith sentiría que tenía una familia numerosa tras haber sido abandonada nada más nacer. Lloró mucho cuando Nancy perdió el bebé que esperaba, al cabo de algún tiempo después de haberse casado.
                             Sería una buena abuela para su nuevo nieto.

sábado, 7 de marzo de 2015

LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL CIELO

Hola a todos.
Aquí os traigo otro fragmento de mi cuento Llamando a las puertas del Cielo. 
Veamos qué ocurre hoy.

EN ALGÚN LUGAR DE LA REGIÓN DEL LOIRA, 1811

                             Se estaba muriendo. Antoine Eperay lo sabía. Lo supo en el instante en el que aquella bala le atravesó el torso. Le había herido en algún órgano interno. La sangre manaba a borbotones. 
                              Por su mente pasaron todos los momentos que había vivido junto a Nancy. Habían sido muy felices en Burhou. Tenían muchos planes de futuro. 
                              A ella le gustaba mirar las estrellas. Habían pasado muchas noches acostados sobre la arena de la playa. Antoine escuchaba con los ojos muy abiertos a Nancy hablarle de las estrellas e inventando nombres para cada una. Los dos estaban abrazados. Él la besaba de vez en cuando. La cabeza de Nancy descansaba sobre el hombro desnudo de Antoine.
                        Ella le hacía sentirse vivo.
                        Alzó la vista al cielo. Era de noche. El cielo estaba cubierto de estrellas.
                        Creía escuchar la risa de Nancy. Aquella risa tan sonora que tenía.
                        La constelación del Gato...La constelación del Perro...Podía oír el delicado timbre de voz  de la joven. La constelación de las Flores...La constelación de las Galletas...¿Te gustan los nombres que le pongo?
                         Aún sentía la mano de Nancy apretando la suya.
-No puedo morir-pensó Antoine-Tengo que regresar junto a ella. Junto a Nancy...Le prometí que volvería. He de conocer a nuestro hijo. No puedo morir en este lugar. Nancy...¡Dios mío!
                          Los dos se habían encontrado. Nancy era la mujer de su vida. Cuando se conocieron, se juraron que jamás se separarían. Tenía que volver a verla. Pero no podía levantarse. El terror se apoderó de Antoine.
                           Los soldados ingleses le encontrarían. Nancy era demasiado dulce. A él le matarían.
                           Intentó ponerse de pie. Pero le fallaban las fuerzas. Un soldado inglés le había herido cerca del corazón y estaba perdiendo mucha sangre. La vista se le nublaba y se arrastraba por el suelo. Hacía mucho frío y él estaba temblando. Pero temblaba tanto de frío como de fiebre. Como de miedo...
                          Estaba muerto de miedo. Si los ingleses le encontraban, sólo Dios sabía lo que harían con él.
                           Eran animales sin entrañas. La guerra había convertido a los soldados en salvajes. Ingleses...Franceses...
                           Arrancó un trozo de hierba al que se aferró. Casi no podía ver las estrellas.
-Nan...cy...-gimió-Nancy...Nan...cy...
                          No se trataba sólo de Nancy.
                          Había alguien más.
                          Nancy estaba esperando un hijo suyo.
                          Antoine tosió y escupió sangre. No conoceré a mi hijo, pensó el joven con desesperación. Una lágrima rodó por su mejilla. Quería poder abrazar a su hijo. Iba a llamarse como su difunto padre. Charles...
                          Cerró los ojos y evocó el rostro de Nancy, que lo miraba con ternura. Se quedó quieto sobre la hierba. La hierba estaba fresca y húmeda. No quiero morir, pensó Antoine.
                          Había partido al frente para luchar porque así lo habría querido su padre. Era un soldado del Ejército del Emperador Napoleón. Y estaba orgulloso de ello.
                            Los ingleses no lo entendían. Parecían vivir en otro mundo. Como aislados de la realidad...
                           No se arrepentía porque había escogido su camino. Quería un mundo justo. Por eso, estaba combatiendo.
                            La herida le quemaba. Estuvo corriendo durante mucho rato. Se escondió. Oía los pasos de aquella pareja de soldados ingleses. Le estaban persiguiendo.
                           Tropezó varias veces. Cayó al suelo. Se levantó. Pero volvía a caer.
                           Hacía meses que no veía a Nancy y la añoraba.
                           Ya casi no podía ver el adorable rostro de Nancy. Sabía que su destino estaba escrito en alguna parte. Pero se rebelaba.
                          No quería morir sin ver una vez más a Nancy. No quería morir sin conocer a su hijo.
                          Desde que la conoció, le llamó la atención.
                          Intentó no cerrar los ojos y quedarse dormido. Sabía que si cerraba los ojos, no los volvería a abrir. Y tenía que regresar junto a Nancy.
                          Su respiración se volvió agitada. Volvió a toser y a escupir sangre.


viernes, 6 de marzo de 2015

LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL CIELO

Hola a todos.
Aquí os traigo uno de mis relatos completos.
Es un cuento corto, que está dividido en partes. Está lleno de sentimiento y tiene algo de romanticismo, pero es un relato más bien dramático.
Le he puesto el título de Llamando a las puertas del Cielo porque lo que cuenta es precisamente eso. La historia de un joven que está agonizando.
No es nada alegre, sino todo lo contrario.

ISLA DE BURHOU, EN EL CANAL DE LA MANCHA, 1811

                           Debió de haber sido un día de celebración. 
                           Sin embargo, el silencio reinaba en la casa. En la planta superior, una joven acababa de dar a luz a un niño. 
                            Judith Eperay no podía parar de llorar. Sujetaba entre sus brazos el cuerpo sin vida de su nieto recién nacido. Era el único hijo de su único hijo, Antoine. 
                            ¡Sólo Dios sabía cuándo regresaría Antoine! Cuando se marchó, el vientre de su esposa estaba plano. ¿Cómo le voy a decir que su hijo ha nacido sin vida?, se lamentaba Judith. La esposa de Antoine se debatía entre la vida y la muerte. 
                            Nancy no paraba de sangrar. Parecía estar dispuesta a tirar la toalla tras saber que su hijo había nacido muerto. 
-El sacerdote está aquí, señora-le indicó una criada-El niño ha de ser bautizado. 
-¿Para qué va a ser bautizado?-le preguntó Judith, que estaba como ida. 
-Necesita ser purificado, señora. Y debe de tener un nombre. Entréguemelo. 
                          Judith estaba sentada en el suelo, con la mirada perdida. 
                          Recordó cuándo Antoine se marchó al frente. 
                          Nancy salió a despedirle. Judith, en cambio, se encerró en su habitación. 
-Volveré antes de que nazca nuestro hijo-le prometió Antoine a su esposa. 
-Te quiero mucho-le aseguró Nancy. 
                          Los dos se fundieron en un beso largo y cargado de desesperación. 
                          Llevaban casados dos años. 
                          La familia de Nancy era una de las familias más ricas de todo el archipiélago del Canal de La Mancha. 
                           Tenían una casita en la isla de Burhou. Pasaban allí largas temporadas. Con el paso del tiempo, los destinos de Antoine y Nancy se cruzaron. 
                            Fue una unión desigual. 
                            Judith había sido abandonada al nacer en el jardín de una de las casas de una de las familias más prósperas de la región de Bretaña. Charles, su marido, se había criado en un orfanato. Judith siempre supo que no pertenecía a aquella familia. A pesar de que era bien cuidada, siempre supo que era una expósita. Por ese motivo, se enamoró de Charles. Había entrado a trabajar como criado para la familia adoptiva de Judith. 
                            Era igual que ella. 
                            Antoine fue el fruto de aquel amor. Judith se escapó con Charles cuando supo que Antoine iba a nacer. 
                              A escondidas, en la playa, Antoine y Nancy se besaron de manera apasionada. Se abrazaron con fuerza. El uno se perdía en los brazos del otro. Llenaban de besos el rostro del otro. 
                             Finalmente, Nancy se escapó con Charles. No quería vivir sin él. Y se casaron. 
                             Nancy había sufrido un aborto menos de un año después de la boda. 
                             Aquel bebé era muy querido por ellos. Un sollozo brotó de la garganta de Judith. Ni siquiera se dio cuenta de que la criada le había quitado de los brazos al bebé. 
                            No era un bebé. Era una masa deforme, manchada de sangre y amoratada. No podía ser aquel ser el hijo de Antoine y de Nancy. 



                                   

martes, 10 de febrero de 2015

FRAGMENTO DE "HISTORIA DE DOS HERMANAS"

Hola a todos.
Se me ha ocurrido colgar en este blog un fragmento de mi novela Historia de dos hermanas. 
Este fragmento corresponde a la historia de la madre de Joseph Dashwood, lady Stella.
También está colgado en mi blog "Mía Stella".
Aquí aparece un poco más extenso.

                                     Siendo honestos, hay que decir que lady Stella llegó a amar a su marido, a sir Gabriel Dashwood.
                                     Después de todo, habían estado casados durante mucho tiempo. Gabriel era el padre de sus tres hijos.
                                     Le había dado muchas cosas a Stella. Había sido un marido fiel y leal. Y había llegado a quererla con el paso de los años.
                                     La doncella soltó el cabello que lady Stella llevaba recogido en un moño muy apretado. Había recibido una carta de su nuera Serena, la esposa de su primogénito Colm. Serena se quejaba de su matrimonio con Colm. Casi culpaba a lady Stella por la esterilidad de su hijo.
-Esa mujer es una trepadora-opinó la doncella, refiriéndose a Serena-No quiere de verdad a su hijo, lady Stella.
                                 La mujer se inclinó a darle la razón. La doncella procedió a cepillar el cabello de lady Stella. Poco a poco, se estaba llenando de hebras de color gris. El tiempo pasaba también por ella.
                               Se estaba haciendo vieja.
-¿Se sabe algo de sir Niall?-le preguntó la doncella.
-He recibido también carta de él-respondió lady Stella-Está de viaje por Roma. No tiene ganas de regresar a casa.
-Es todavía joven para sentar cabeza.
                           Pero Joseph ha sentado la cabeza, pensó lady Stella. Se ha casado con Selene. Y yo no he podido estar presente en su boda.
                           La mente de la dama voló hacia atrás en el tiempo.
                           Gabriel llevaba muerto seis años. Pero, incluso cuando sus hijos eran adolescentes, él seguía yendo a su habitación varias noches a la semana. Ella lo encontraba ridículo, pues le vino la menopausia no hacía mucho. Ya no podría tener más hijos. Gabriel no pensó lo mismo.
-Sólo quiero estar contigo, Stella-le decía.
                           Se metía en la cama con ella y la besaba con tanta pasión que lady Stella pensaba que se iba a derretir. Y no era mentira.
                          Todavía la seguía besando cuando salía de su despacho tras haber estado durante horas encerrado allí. Y Stella se sorprendía así misma correspondiendo a los besos que su marido le daba.
                         Gabriel la buscaba porque todavía la deseaba.
                         Los besos que le daba así se lo decía cuando se metía con ella en la cama. Era algo que Stella no entendía. Que no se atrevía a compartir con nadie. Porque era algo que sólo le pertenecía a ella. Sus susurros...Lo que se decían. El calor que despedía el cuerpo de Gabriel.
                        La forma que tenía su marido de besarla en el cuello. La forma en que lo hacía.
                        O cómo le brindaba con sus manos y con sus labios las caricias más exquisitas que jamás había conocido.
                        Los abrazos que le brindaba cuando la hacía suya.
                         Pensó en su hijo Colm. Gabriel estaría preocupado por él de estar vivo. Siempre había sido su ojito derecho.
                         Colm debía de conformarse con tener una esposa que se dejaba besar por él.
                         Serena añoraba los besos que su segundo marido le había dado.
                         Pero aquel hombre le brindaba sus besos a otra mujer. Le brindaba sus caricias a otra mujer. Era a otra mujer a quien abrazaba para hacerla suya.
                         Serena no terminaba de asumirlo, a pesar del escándalo que su segundo esposo había protagonizado al pedirle el divorcio. Pensaba que era su castigo. Ella había dado a luz a un niño que, por desgracia, había nacido muerto. Sospechaba que, a pesar de que estaba convencida de que Colm era estéril, también ella debía de ser estéril. No sabía qué más podía pensar. Serena estaba harta.
                       Lady Stella también estaba harta. De estar allí Gabriel, todo sería distinto.
                      Gabriel habría hablado con Colm. Le habría aconsejado que tomara una amante.
                     El problema era que Colm era incapaz de tener hijos. Serena sí había demostrado ser capaz de engendrar un hijo, que, por desgracia, no había vivido.
                        Era una situación desesperada. Y, encima, Niall seguía viajando por el continente. ¿Acaso su hijo no pensaba sentar la cabeza? Joseph, que parecía el más sensato, se había marchado a La India. ¡Sabía Dios lo que estaría haciendo allí!

lunes, 9 de febrero de 2015

FRAGMENTO DE "UNA DAMA NUNCA MIENTE"

Hola a todos.
Hoy, me gustaría compartir con vosotros un fragmento de una novela que me ha llamado mucho la atención.
Se trata de Una dama nunca miente. 
Me ha llamado la atención por varios motivos. Para empezar, la acción transcurre en un castillo de La Toscana durante el año 1890. Lo siguiente a destacar es que la protagonista, lady Alexandra Morley, es una joven viuda que arrastra tras de sí un matrimonio fracasado con un marido mucho más mayor que ella. Es él, Finn, el que no ostenta título alguno. Es un joven pelirrojo que siente verdadera pasión por los automóviles, no ha tenido mucha suerte con las mujeres (¡no es un libertino! ¡Aleluya!) y que, atención, ¡se ruboriza! ¿Cuántos galanes de novela romántica conocemos que se ruboricen?
Entre ellos surge una corriente de simpatía que acaba derivando en una buena amistad para terminar convirtiéndose en un apasionado romance.
Veamos un fragmento de esta bonita y verdaderamente atípica historia de amor:


-Desde luego no. Pero discúlpeme si no me fío plenamente de sus motivos.

Ella sonrió.


-Vamos, señor Burke. No es tan irresistible como usted piensa.


Lady Morley dijo aquello con ligereza, pero sus palabras se colaron entre las uniones de la armadura de 

Finn.


 Portada de Una dama nunca miente, de Juliana Gray.

domingo, 1 de febrero de 2015

UNA FRASE DE ARISTÓTELES

Hola a todos.
Hace mucho tiempo que no hago una entrada en este blog.
Me gustaría compartir aquí una frase acerca del amor que nos dejó el filósofo griego Aristóteles que considero bastante acertada.

El egoísmo no es el amor propio, sino una pasión desordenada por uno mismo.

miércoles, 21 de enero de 2015

AÑADIDO A "LA CHICA DE LOS OJOS GRISES"

Hola a todos.
Hacía mucho tiempo que no me pasaba por este blog.
Me gustaría subir aquí algunas escenas de mi relato La chica de los ojos grises. 
Iba a subirlas en un primer momento a este blog, pero me arrepentí en el último momento. En teoría, Edmund, Stella y Maude iban a protagonizar un triángulo amoroso. Pero se me dan mal los triángulos amorosos.
De modo que Edmund y Stella quedaron directamente juntos y Maude quedó fuera de la ecuación.
Pero aquí os dejo esas escenas eliminadas a modo de curiosidad.

                                   Stella era una joven perteneciente a la aristocracia que se había negado en redondo a viajar a Londres para celebrar su puesta de largo. Se decía que se había convertido en una auténtica belleza. Ella se reía al escuchar esos comentarios. ¿Cómo podían saber si era hermosa o no? A todas luces, no había viajado a Londres. Eso significaba que nadie la conocía.
                               Su mejor amiga, Samantha, estaba escandalizada por ello.
                              Al menos, antes de su presentación en sociedad en la metrópoli, era conocida en Quibble. No quiso salir de allí.
                              No había nacido en Londres y no le apetecía ir a un lugar desconocido para ella. La harían sentirse como una auténtica forastera. ¿Y qué era ella? Alguien que no tenía nada allí.
                         
                             Abre los ojos, pensó con el corazón destrozado por el dolor.
            El mar había devuelto el cadáver del único hombre al que Samantha había amado.
            Por suerte, su mejor amiga estaba con ella en aquel lugar. Una improvisada morgue que había hecho el médico.
            Se estaban rescatando los cuerpos de aquel naufragio. Huele a muerte, pensó la amiga de Samantha.
-¿Estás bien?-le preguntó cuando el médico tapó el cadáver de Gabriel, el hombre al que Samantha amaba con todas sus fuerzas.
-Estoy muerta-respondió la joven casi sin voz.
-¡Por el amor de Dios, amiga!
            La amiga de Samantha era una muchacha joven. Tenía la cara redonda, igual que la Luna Llena. Su piel era blanca como la leche. Su cabello negro estaba recogido en un moño holgado. Era una joven delgada. Y daba la impresión de ser una joven delicada.
            Destacaba en ella una cosa. Sus ojos…Eran de un hermoso color gris oscuro. Eran unos ojos grandes y de mirada profunda. Parecían adivinar lo que estaba pensando Samantha en aquel momento. Había otras personas allí. Familiares de las víctimas del naufragio.
-Te acompañaré a casa-le sugirió-Necesitas descansar.
-No quiero regresar a casa-se negó Samantha.

 

                       Stella se dejó caer en una silla. Sentía que las piernas le temblaban con violencia. Miró con angustia a Samantha.
                      Su mejor amiga rompió a llorar. Había perdido al hombre que amaba con todo su ser.