viernes, 1 de agosto de 2014

FRASE DE "LA SOMBRA DEL VIENTO"

Hola a todos.
Hoy, me gustaría compartir con vosotros una frase de la novela de Carlos Ruíz Zafón La sombra del viento. 

Contemplando un futuro tan amplio y luminoso como aquella avenida, y por un instante pensé que no había más fantasmas allí que los de la ausencia y la pérdida, y que aquella luz que me sonreía era de prestado y sólo valía mientras pudiera sostener con la mirada, segundo a segundo.




jueves, 31 de julio de 2014

POEMA DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ SOBRE EL AMOR

Hola a todos.
Hace algún tiempo, no mucho, que el gran escritor Gabriel García Márquez nos abandonó.
Su cuerpo se fue, pero no se ha ido ni su espíritu ni su obra.
Nos ha regalado obras tan hermosas como El amor en tiempos del cólera (aunque yo hubiese fusilado a Fermina por idiota porque rechazar a Florentino una y otra vez es de ser idiota). Nos contó la Noticia de un Secuestro y nos contó la historia de un Coronel que no tenía nadie que le escribiera.
Pero nos dejó también una familia inolvidable, los Buendía. Una familia humana e hija de la época que le tocó vivir. Y nos mostró un pueblo donde todo podía pasar, Macondo.
También escribió muchos poemas, cargados de lirismo y de ternura.
En el poema que hoy me gustaría enseñaros, un bonito soneto, García Márquez nos invita a no resistirnos cuando llega el amor.


Si alguien llama a tu puerta, amiga mía,
y algo en tu sangre late y no reposa
y en su tallo de agua, temblorosa,
la fuente es una líquida armonía.

Si alguien llama a tu puerta y todavía
te sobra tiempo para ser hermosa
y cabe todo abril en una rosa
y por la rosa se desangra el día.

Si alguien llama a tu puerta una mañana
sonora de palomas y campanas
y aún crees en el dolor y en la poesía.


Si aún la vida es verdad y el verso existe.
Si alguien llama a tu puerta y estás triste,
abre, que es el amor, amiga mía.



miércoles, 23 de julio de 2014

LA CHICA DE LOS OJOS GRISES

Hola a todos.
¡Y, por fin, llegó!
Aquí os dejo con el último fragmento de mi relato La chica de los ojos grises. 
Espero que os haya gustado esta bonita historia de amor. Yo, personalmente, he disfrutado escribiéndola.
¡Vamos a ver lo que pasa!

                             La boda se celebró en la pequeña Iglesia que había en la isla de Quibble. Samantha aceptó ser la dama de honor de Stella. Maude también aceptó ser la dama de honor de Stella. Las dos hermanas estaban muy guapas.
-Serás una buena esposa para mister Halliwell-le aseguró Maude a Samantha mientras se dirigían a pie a la Iglesia, yendo las dos detrás de lord Carson y de Stella.
-Espero que tengas razón-asintió Samantha con resignación.
                           Corría el mes de julio de 1800. Fue una boda sencilla.
                           Los invitados se pusieron de pie cuando Stella entró en la Iglesia. Era la novia más hermosa que jamás habían visto, pensaron todos a la vez. La joven fue llevada por su padre hasta el Altar. Edmund la estaba esperando allí. Sus ojos se iluminaron cuando Stella apareció en la Iglesia y comenzó a caminar hacia el Altar.
                            Stella no podía dejar de sonreír. Sonrió cuando Edmund colocó el anillo de matrimonio en el dedo anular de su mano izquierda. Llevaba puesto un vestido de novia de color blanco. Sujetaba un ramo de rosas en la mano. Su cabello de color negro estaba recogido en un moño a la moda. Edmund le retiró el velo de tul en un momento de la ceremonia. Le guiñó un ojo a Stella y ella se echó a reír.
                            Se fundieron en un largo beso cuando el sacerdote les declaró marido y mujer.
                            Se celebró una pequeña fiesta en la casa de lord Carson. Samantha acudió a la fiesta.
                            Edmund y Stella brindaron con champán en un momento del banquete. Todo el mundo brindó a la felicidad de los recién casados. Les desearon toda la suerte del mundo.
-¡Y tened muchos hijos!-exclamó Darius Ransome-Quiero ser el padrino de uno de vuestros hijos.
                            Todo el mundo se echó a reír.
-Deseo para mí la felicidad que tú tienes-le confesó Samantha a Stella.
-Ojala sea así-afirmó su amiga.
-Pero las dos sabemos que eso no va a pasar. No amaré nunca a mister Halliwell. Pero intentaré ser una buena esposa para él.
                            Edmund no cabía en sí de gozo. Recibió con alegría las sinceras felicitaciones que le deseó Darius. No veía la hora de poder quedarse a solas con Stella.
                             Partieron la tarta nupcial, que era de nata y de fresa. Todo el mundo alabó la maña de la cocinera que había elaborado aquella tarta. Los novios se dieron de comer el uno al otro tarta. Maude sintió una sincera envidia de ellos.
                              Me habría gustado estar en el lugar en el que está ahora Stella, pensó la joven.
                             Vio a Samantha acercarse a Stella para darle un abrazo.
-Sé feliz-dijo Samantha.
-Sé tú también feliz-corroboró Stella.



                                Maude rompió a llorar.
-¿Por qué estás llorando?-le preguntó Samantha a su hermana mayor mientras se acercaba a ella.
-Es que soy muy feliz-respondió Maude.
-Stella va a ser muy feliz. Yo, por mi parte, me conformo con llevar una vida tranquila. Trataré de ser una buena esposa para mi marido.
-Sí...
                                  Stella y Edmund se despidieron al cabo de un rato de los invitados. Edmund llevó a Stella a su casa.
                                  Ella ya no sentía miedo de quedarse a solas con él.
                                  Desnudos en el lecho, Edmund y Stella se fundieron en un beso largo y cargado de pasión. Edmund besó a su recién estrenada esposa en el hombro. La besó muchas veces en un pecho. La besó en el cuello. No podían parar de besarse. De acariciarse. De abrazarse. De chuparse el uno al otro. De morderse el uno al otro. De lamerse el uno al otro.
                                  Se tocaron. Se acariciaron con las manos. Se acariciaron el uno al otro con los labios.
                                   Juntos, volvieron a ir al Paraíso.

FIN

martes, 22 de julio de 2014

LA CHICA DE LOS OJOS GRISES

Hola a todos.
Hoy, llegamos al penúltimo fragmento de este bonito relato.
Espero que os haya gustado y espero que os guste el fragmento que está por venir.
Confieso que me he sentido tentada a alargarla un poco más, pero no creo que lo haga. Está bien como está.
Y tampoco sé si le voy a escribir un epílogo. Lo decidiré cuando esté un poco menos ocupada. Las Musas parecen haberse cebado con mi persona y no paro.
¡Vamos a ver lo que pasa hoy!

                                  Tiene el cabello de color dorado, pensó Stella cuando vio a Edmund la vez siguiente.
                                  Acudió a su casa ella sola a tomar el té. Edmund acompañó el té de las cinco con un dulce hindú. Se llamaba Narkel Naru.
-Está delicioso-le aseguró a Stella.
                                  El Narkel Naru tenía forma de bolita hecha con leche condensada khoa y con coco. Stella aceptó probar una de aquellas extrañas bolitas que Edmund le tendió. Le dio un mordisco y le gustó.
-¡Está delicioso!-aprobó Stella.
-El Narkel Naru me recuerda mucho a ti-la aduló Edmund-Los dos sois muy dulces.
                                Al escuchar aquel piropo, Stella se echó a reír.
                                No se arrepentía de haber acudido ella sola a visitar a Edmund. Estaba pasando un rato agradable conversando con él. Trazando planes de futuro con él. De pronto, la vida se había tornado de color de rosa para Stella.
                               Edmund no podía apartar la vista de Stella.
-¿De verdad nos vamos a quedar a vivir en Quibble?-le preguntó.
-Esta casa la tengo alquilada desde que vine a visitar a tu padre para hablar de negocios-respondió Edmund-La puedo comprar. No me he movido de aquí desde que te vi por primera vez.
                               Había oído hablar de seres sobrenaturales. Cuando vio a Stella por primera vez, pensó que no era humana. Su rostro brillaba. Había algo etéreo en ella. Su belleza, además de ser una belleza física, era también una belleza que venía del fondo de su alma.
-Lo único que quiero es quedarme aquí para siempre-admitió Stella.
-Entonces, no nos iremos nunca de Quibble-le prometió Edmund.
-No quiero que nos quedemos aquí por mí. No olvido que tú tienes que ocuparte de la Templewood and Ransome Company. Y tienes tu negocio en Calcuta.
-Iremos a Calcuta. Es verdad que no puedo descuidar el negocio. Darius, mi socio, me mataría. Pero viviríamos aquí. Iríamos de vez en cuando allí. No quiero que seas una desdichada por mi culpa. Nunca me lo perdonaría. Y tu sitio está en este lugar. Y mi sitio está en el lugar donde quieras estar tú.
                           Edmund cogió la mano de Stella para besársela.
                            Antes, cuando ella hizo acto de presencia en el salón de su casa, la recibió con un beso en la mejilla. Ella, a su vez, también le besó en las mejillas. Se sujetaron durante un largo tiempo las manos.
-Ya faltan tres días-suspiró Stella.
-Dentro de tres días, serás mi esposa-sonrió Edmund.
                             Stella se marchó al cabo de un rato. Besó con amor a Edmund en los labios a modo de despedida.
                              Ya no veía la hora de convertirse en su esposa.



                              La noche antes de su boda, Stella durmió en casa de Samantha. Su mejor amiga durmió en su casa. Stella optó por dormir en un camastro que los criados colocaron junto a la cama de Samantha.
                              Stella no paraba de parlotear. En menos de un día, se convertiría en la esposa de Edmund. Y estaba que no cabía en sí de gozo. Pero se dio cuenta de que Samantha estaba seria.
-Estaba pensando en Gabriel-le confesó su amiga-Se que no debo de pensar en él. Me voy a casar con mister Halliwell.
                                  Pero le traicionaba el pensamiento. El recuerdo de Gabriel estaba presente a todas horas en su cabeza.
-Es normal que le eches de menos-opinó Stella.
-Me voy a casar con mister Halliwell-le recordó con tristeza Samantha-El pasado debe de quedar atrás. Gabriel forma parte de mi pasado. Pero...
-Te entiendo, amiga.
                                Los ojos de Samantha se llenaron de lágrimas.
                                Gabriel era el único hombre al que había besado. De haber podido, se habría lanzado a sus brazos sin dudarlo.
-No nos dejaron ser felices-se lamentó Samantha-No pudimos estar juntos. Ahora, él está muerto. Y yo deseo estar muerta porque así podría estar con él.
-No me gusta oírte hablar así, Sam-le aseveró Stella.



lunes, 21 de julio de 2014

LA CHICA DE LOS OJOS GRISES

Hola a todos.
Ya falta menos para que conozcamos el desenlace de esta bonita historia.
Espero que os esté gustando.
A mí, personalmente, me está gustando imaginar la juventud de los abuelos de Jai y de Estelle. Por cierto, Samantha vendría a ser, al casarse con mister Halliwell, la abuela materna de Olivia y de Estelle, al ser madre de Sarah (madre de Olivia) y de lady Bridget (madre de Estelle).
¡Vamos a ver lo que pasa!

                                       Edmund cogió las manos de Stella cuando llegó a su altura y se las besó.
                                      De pronto, las palabras empezaron a brotar de su garganta. Le confesó todo lo que llevaba guardando en el interior de su corazón desde que la vio por primera vez.
-No he dejado de pensar en ti-se sinceró.
-¿Piensas en mí desde que fuiste a ver a mi padre?-inquirió Stella.
                                     Recordaba la visita que Edmund le hizo a lord Carson aquella tarde. Pero Stella no había sabido relacionar ambos hechos. La visita de Edmund a su padre...Su cortejo...Su compromiso...
-Lo único que quería era verte de nuevo-contestó Edmund-Te metiste desde ese momento en mi corazón. Y no quería sacarte de allí. Deseaba estar contigo.
-No lo sabía-admitió Stella.
                                   Un nudo se formó en la garganta de la muchacha. Vio algo raro en los ojos de Edmund al posarse en su cara. Vio una mezcla de adoración y de anhelo en aquellos ojos. Vio amor reflejado en aquellos ojos. Amor hacia ella...
                                   Una sonrisa iluminó el bonito rostro de Stella. Edmund pensó que el Sol se reflejaba en aquellos hermosos ojos de color gris oscuro. Unos ojos que llevaban mucho tiempo persiguiéndole. Que veía en todas partes. Y en los que un hombre podía perderse. Rodeó con los brazos la cintura de Stella.
                                   La atrajo hacia sí.
                                   Ella llenó de besos el rostro de Edmund.
-A mí me pasa lo mismo-admitió.
-Te amo, Stella-le confesó Edmund-Te amo tanto que no sabría vivir sin ti.
-Yo también te amo.
                                 El corazón de Edmund pareció que iba a estallar de dicha.
                                Era un sentimiento que compartía con Stella.
-Juro que te haré la mujer más feliz del mundo-le aseguró-Sólo quiero que seas feliz. Te complaceré en todo.
-Sólo deseo que te quedes a mi lado-le pidió Stella.
-Nunca te abandonaré, amor mío.
                                  Las lágrimas se agolparon en los ojos de Stella. Pero eran lágrimas de felicidad. Sentía que había encontrado el verdadero amor. Y la dicha...
                                   Los dos se fundieron en un beso intenso y largo. Un beso cargado de ternura...De pasión...

 

                                 Dieron un largo paseo por la orilla del río Adyar. Se quedarían a vivir en Quibble. Serían felices.
-Tenemos muchos años de felicidad por delante-afirmó Edmund con seguridad-Y tendremos muchos hijos.
                               Stella se echó a reír. En su fuero interno, se veía así misma teniendo hijos con Edmund.
-Si tenemos un hijo, quiero que se parezca a ti-le dijo con cariño.
-Si tenemos una hija, quiero que se parezca a ti-corroboró Edmund con arrobo.
                               Y así pasaron gran parte de la tarde. Hablando. Jurándose amor eterno. Y trazando planes de futuro.

domingo, 20 de julio de 2014

LA CHICA DE LOS OJOS GRISES

Hola a todos.
Hoy, voy a subir el penúltimo fragmento de mi relato La chica de los ojos grises. 
Vamos a presenciar una conversación bastante interesante entre Stella y Samantha. Una conversación que será interrumpida por una llegada inesperada.
¿Qué pasará?

-No sé qué voy a hacer-se sinceró Stella con Samantha-Me caso en menos de una semana con Edmund. El ajuar de mi boda ya está listo. Cada minuto que pasa, se acerca el gran momento. ¡Mi boda! ¡Me voy a casar! Y mi mente...Mi mente está hecha un lío porque no sé lo que Edmund siente por mí y sólo sé que me he enamorado como una tonta de él. ¿Qué puedo hacer?
                                  Las dos amigas se encontraban sentadas a orillas del río Adyar. Samantha escuchaba con atención lo que le estaba contando su amiga. Llevaba en la mano un chal de Cachemira. Se lo entregó a Stella.
-Recuerdo este chal-dijo la joven-Forma parte de tu ajuar de bodas.
-Mi madre piensa que debo de tener otro ajuar de bodas-le contó Samantha con tristeza-Este chal me lo regaló Gabriel. Quiero que lo tengas tú.
-¡No puedo aceptarlo!
-Te ruego que lo aceptes. Deseo que lo tengas tú. Quédatelo, por favor.
                           Stella cogió el chal. Lo apretó con fuerza contra sí. Sentía sobre su cara la mirada llorosa de Samantha. Le cogió la mano.
-No es demasiado tarde-opinó Stella-Puedes venirte a vivir conmigo y con mis padres. No tienes porqué obedecer a tus padres. Si tan preocupados están porque no tienen nietos, que le busquen un marido a Maude y que a ti te dejen tranquila.
-¡Mis padres han perdido toda la esperanza de casar a Maude!-se lamentó Samantha-Sólo les quedo yo para hacer realidad su sueño de tener un nieto.
-Pero te casan con un completo desconocido.
-Cuando me case con mister Halliwell, le conoceré. Puede que me llegue a enamorar de él.
-¡Eso no te lo crees ni tú! Sigues enamorada de Gabriel.
-Pero Gabriel está muerto. Y yo estoy viva. Y me duele respirar sabiendo que él no está.
                        Samantha luchó contra los sollozos que pugnaban por escaparse de su garganta. Stella sentía que había demasiadas contradicciones en su vida. Se iba a casar con Edmund y se había enamorado de él. Pero Samantha se iba a casar con un completo desconocido. Y estaba convencida de que nunca llegaría a amarle. Su corazón pertenecía a un hombre que estaba muerto. El mar le había devuelto a Samantha el cadáver de Gabriel. Ni siquiera le había dejado anidar la esperanza de que pueda estar vivo. No había pasado. Samantha tuvo que ver muerto al hombre que amaba.
-Deseo de corazón que seas feliz al lado de Edmund, amiga-le dijo Samantha a Stella.
-No sé lo que él siente por mí-admitió la muchacha-Me gustaría saberlo. Ser capaz de hablar con él. Pero no me atrevo. Debes de pensar que soy una cobarde.
                           De pronto, tanto Samantha como Stella se dieron cuenta de que no estaban solas. Edmund se estaba acercando poco a poco a ellas. En realidad, pensó Samantha, con quien quería estar a solas era con Stella. Decidió que era el momento de desaparecer. Dejaría a su mejor amiga a solas con el hombre con el que iba a casarse en menos de una semana.
-¡Disfruta de un rato a solas!-canturreó Samantha.
-¡Quédate!-le pidió Stella, nerviosa.
-Es mejor que te quedes a solas un rato con sir Edmund. No te pongas nerviosa. Te vas a casar con él. Y estás enamorada de él. Os conviene hablar a solas. Los dos...Un rato...Se te esfumarán los nervios de un plumazo. Hazme caso.
-Pero...
                              Samantha no la dejó seguir hablando. Le dio un beso a Stella en la mejilla. Se alejó de su lado. Edmund se acercó a Stella.



-Tenemos que hablar-le dijo Edmund.
-¡Qué locura!-exclamó Stella-Estamos solos.
-Es mejor que estemos solos. Desde que nos entregamos el uno al otro la noche pasada, no hemos vuelto a estar solos. Y necesito hablar a solas contigo.
-¿De qué se trata?

sábado, 19 de julio de 2014

LA CHICA DE LOS OJOS GRISES

Hola a todos.
Ya falta menos para que conozcamos el desenlace de este bonito relato.
En el fragmento de hoy, continúa la cuenta atrás para la boda de Edmund y Stella.

                                     Edmund había acudido a verla.
                                     Stella casi no podía quitarle la vista de encima.
                                     Estaba sentado a su lado a la mesa del comedor. Edmund necesitaba hacer uso de su fuerza mental para no pensar que podía sentir el calor que desprendía el cuerpo de Stella. Ráfagas del perfume que ella solía usar llegaban hasta su nariz. Invadían su olfato. Su mente...Esencia de lirios...
-¿Estás nerviosa?-le preguntó a Stella-Ya falta poco para que llegue el día de nuestra boda.
-Estoy deseando que llegue ese día-respondió la joven.
-¡Vas a ser la novia más bella de todo el mundo!-palmoteó lady Carson, ilusionada.
                                    Stella cogió un bollito que había en una bandeja. Le dio un mordisco.
                                    Era la hora del té. Observó a su padre coger su taza de porcelana y beber un sorbo de té.
                                     Miró casi con asco su taza de té. La removió con gesto nervioso. No entendía el porqué Edmund tenía el don de ponerla nerviosa. ¡Nerviosa!
-Dentro de unos años, podrías habernos hecho abuelos a tu madre y a mí-auguró lord Carson-Tenemos ganas de que nos des un nieto. O una nieta...Un hijo siempre llena de alegría. Por desgracia, sólo te tuvimos a ti.
                                   Edmund deseaba poder hablar con Stella a solas. Sin embargo, después de la noche que habían pasado juntos, no habían tenido esa oportunidad.
                                   La carabina no les dejaba casi nunca a solas. Apenas podían robarle unos instantes, apenas unos minutos, para poder estar solos. Y no era suficiente para ninguno de los dos.
-Es un poco pronto-opinó Stella.
                                   Edmund pensó en lo bonito que sería tener un hijo con Stella. Imágenes de su vida en común pasaron por su mente. No se trataba sólo de compartir cama. También se trataba de convivir con ella todos los días. De hablar y de apoyarse de manera mutua.
                                 Recordó de nuevo el día en que conoció a Stella. Era cierto que fue a visitar a lord Carson con la intención de hablarle de negocios. Pero algo se nubló en su mente en el momento en el que vio a Stella. Los negocios habían pasado a un segundo plano. Darius Ransome, su socio, se reía de él. Decía que el amor le había cegado por completo.
                                Pero Darius no sabía lo que era estar enamorado.
-Los hijos llegarán cuando tengan que llegar-afirmó Edmund-Me gustaría tener un hijo contigo. Que se te parezca. No me importa si es niño o si es niña. Tan sólo quiero que tú seas la madre.
-Y que tú seas el padre-corroboró Stella.
                                Se sorprendió así misma sonriendo. Y su sonrisa era radiante.
-Deberíamos dejar el tema de los hijos aparcado por el momento-sugirió lady Carson poniéndose roja como un tomate.
-Tienes razón, querida-aprobó lord Carson-Todavía no se han casado. Pero ya falta menos para que ese día llegue. Disfrutemos del tiempo que nos queda de nuestra Stella.
                              Dos semanas...
                              Stella se casaría con Edmund en dos semanas.
                             Y dos semanas pasaban volando. El tiempo pasaba volando. Ella misma lo estaba viendo.
                              Cuando Edmund se marchó del hogar de los vizcondes de Carson, tuvo que contentarse con darle un beso a Stella en la mejilla. Procuró besarla en la mejilla, muy cerca de su boca. Sus padres no se dieron cuenta. Stella se puso roja como la grana.
-Hasta pronto...-le dijo Edmund.
-Adiós...-alcanzó a decir Stella.