jueves, 13 de noviembre de 2014

BODA POR AMOR

Hola a todos.
A partir de hoy, empiezo a subir más seguido fragmentos de mi relato Boda por amor con la esperanza de poder terminar de subir (ya está acabada, sólo me falta subirla aquí) durante lo poco que queda de semana.
De momento, esto es lo que hay.
Lord Blake y su familia se instalan en la isla de Piel. Y el joven Edward tiene sus propios planes relacionados con Susan.
¡Vamos a ver lo que pasa!

                              El primero en llegar a la isla fue Edward.
                              Lord Blake decidió arrendar el castillo de la isla.
                              Al poco tiempo, llegaron lord y lady Blake. Y se instalaron en el castillo.
                              Durante todo aquel tiempo, ni Susan ni Melinda ni Karen se cruzaron con ellos. Siendo sinceras, sentían curiosidad por verles.
                              Hacía mucho tiempo que Susan no veía a Edward. En concreto, dejaron de verse cuando el cortejo de Terence hacia Susan se hizo más serio.
                              Sin embargo, Edward no quiso perder el contacto con Susan. Le escribía con mucha frecuencia. Quiso ir a verla cuando se enteró de la muerte del pequeño Franklin.
                             Finalmente, no fue porque Susan se lo pidió. No sabía cómo reaccionaría si lo veía. Después de todo, seguía siendo el hermano menor de Terence. Le costaba trabajo convivir con Karen después de lo que había pasado. No sabía cómo miraría a Edward a la cara.
                              Fueron días en los que llovió bastante. La familia Knigth-Birdwell no salió de su casa durante aquellos días. A veces, Susan se sorprendía así misma mirando a través de los cristales de la ventana de su habitación mirando en dirección al castillo. Piel era una isla pequeña. Imaginaba que acabaría viendo a Edward en la atalaya del castillo. A veces, creía que le estaba viendo.
                           Era la primavera del año 1859.
                           Los vecinos hablaban. Decían que era extraño que los duques vivieran encerrados junto con su hijo y la servidumbre en el castillo. Se sabía que habían sido íntimos amigos de los condes de Derby.
                            Pero debían de recordar el sonado escándalo que protagonizó su heredero cuando deshonró a la sobrina de lord Derby al tiempo que cortejaba a la hija menor de éste.
                            Una tarde, lord y lady Derby decidieron hacerle una visita a los duques.
                             Fue un encuentro muy emotivo. Los duques les aseguraron que estaba todo olvidado por su parte.
                             Terence era su hijo. Pero el único culpable de su desgracia había sido él.
                             Siempre había protagonizado sonados escándalos por liarse con mujeres casadas, con viudas, con actrices, con prostitutas de los barrios bajos y con cortesanas. Pero había ido demasiado lejos al deshonrar a Karen.
                            Lord Blake sentía que le debía una compensación a lord Derby. Y decidieron pactar el matrimonio de Edward con Susan.
                           De vuelta a casa, los condes reunieron a sus hijas y a su sobrina en el salón y anunciaron que Susan iba a casarse con Edward.
-¿Te has vuelto loco, papá?-le espetó Susan a su padre-¡No pienso casarme con Edward!
-Tiene que ser una broma-se extrañó Karen.
                          Por desgracia, no se trataba de ninguna broma.
                         Edward acudió a la casa de los Knight-Birdwell. Albergaba la esperanza de poder ver a Susan.
-Edward no se parece en nada a ese malnacido de Terence-afirmó lord Derby.
-¡No quiero volver a verle!-afirmó Susan.
-Hija, Edward está en el recibidor. Ha venido a verte.
-¡Pues yo no quiero verle! ¡No quiero saber nada de él!
-¡Susan, no puedes hacerle ese feo a Edward! Nunca te ha causado daño alguno y no se merece que le trates así.
-Padre, trata de entenderlo-intervino Melinda-Han ocurrido demasiadas cosas entre ellos.
                         Lady Derby se inclinó a darle la razón a su hija.
-Es cierto-dijo.
                          Susan se retiró a su habitación. No quiso ver a Edward.
                         El joven se juró así mismo que no se rendiría.

                         Durante los días que siguieron, Edward fue a visitar varias veces a Susan sin conseguir verla. Al mismo tiempo, la noticia del compromiso entre el heredero de los duques de Blake y la hija menor de los condes de Derby era publicada en The Times. 
                        Los criados de ambas familias cotilleaban acerca de lo que estaba ocurriendo. No dejaba de parecerles curioso. Las criadas hablaban mientras limpiaban las numerosas estancias del castillo. La cocinera lo comentaba con su ayudante mientras preparaban la comida de los condes. Nadie sabía cómo terminaría aquella historia. Pero no dejaba de tener cierto morbo.
                       Susan decidió pasar los días que siguieron encerrada en su habitación. Sin embargo, una tarde, se asomó a la ventana. Y vio a Edward dando un paseo por la playa. El joven se agachó para coger una caracola y se la llevó al oído. Susan se quedó sin habla al verle.
                       Había olvidado por completo su cabello de color castaño que siempre llevaba en desorden. Le parecía que estaba más alto que la última vez que le vio. En contra de su voluntad, su corazón comenzó a latir a toda velocidad.
                       Se apartó con rabia de la ventana.

                       Buscaba refugio en la habitación de Melinda.
                      Su hermana la escuchaba con atención mientras sujetaba entre sus manos un par de patucos que habían pertenecido a Franklin. Una tarde, le dijo a Susan que ella podía quedarse con aquel par de patucos. Pero la joven se negó.
-Os habéis empeñado todos en que debo de casarme con Edward-protestó-Y no quiero casarme con él. ¡Es una locura!
-El que te hirió fue Terence-le recordó Melinda.
-¿Has olvidado que fue nuestro padre el que lo mató?
-Los duques de Blake son personas razonables. Entienden que su hijo mayor era uno de los mayores canallas que jamás han existido. Por eso, desean que te cases con Edward.
                       Otras veces, Susan iba a hablar con Karen.
                       La encontraba sentada en el balancín de su habitación sin mirar a ningún sitio.
-Tienes derecho a rehacer tu vida-le aseguró su prima una de aquellas veces-Tanto Mel como yo somos materiales usados. Nadie nos querría a ninguna de las dos como esposas. Tu caso es diferente.
-¿Acaso ya no estás enamorada de Terence?-la interrogó Susan.
-No lo sé. Confieso que me entregué a él porque lo amaba. Yo pensaba que realmente estaba enamorada de él. Ahora, me doy cuenta de que nunca me quiso y que fui una estúpida por confiar en él. Tú no cometiste el mismo error que cometimos Mel y yo. Nos embaucaron dos canallas. Yo tuve más suerte, puesto que no me quedé encinta. Pero Mel está llorando aún por el hijo que perdió.
                      Las dos primas guardaron silencio durante unos instantes.
                      Susan se puso de rodillas ante el balancín en el que estaba sentada Karen.
-¿Y qué me aconsejas que haga?-interrogó a su prima.
-Dale una oportunidad a Edward-contestó Karen-Él es la clase de hombre que realmente merece la pena. Siempre te ha amado, Susie. Y sospecho que tú también le amas. Pero no te has dado cuenta. O estabas ciega por culpa de Terence, igual que yo.
-Déjame que lo piense.
                            Susan necesitaba pensar.

                            

2 comentarios:

  1. Uy que hará Susan? Me gusta mucho esta novela te mando un beso y te deseo un buen fin de semana

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  2. Hola Citu.
    ¡Me alegro muchísimo que te esté gustando!
    Un fuerte abrazo.
    Y te invito a ver lo que le depara la vida a Susan.

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